—¿Listo? —interrogó Evangeline abrochándole
los últimos botones de la camiseta.
—Sí —asintió Dominic feliz.
—Vámonos entonces.
—¿De qué hablaste con Jared? —interrogó el
pequeño curioso mientras bajaban las escaleras.
Evangeline no le contestó, cogió las llaves
que estaban junto a la puerta y lo animó a salir de la casa al ver que se
fijaba en las escaleras. Dominic comenzó a ponerse nervioso ¿y si Jared se
hubiese ido y nunca más lo volviera a ver? Sentía que algo iba mal porque las
personas no se querían de un momento a otro y si ellos se casaron, solo lo
hicieron por… su madre por él, pero
¿Jared por qué lo hizo?
Dominic sintió que un tornado revolvía todo
en su cabeza, las cosas que siempre había querido y las verdades que no sabía.
Pensó que primero tendría que averiguar muchas cosas antes de poder obtener lo
que realmente quería mientras caminaba por las calles del que era su nuevo
hogar.
Las casas no eran muy ostentosas, la mayoría
de dos pisos con bonitos jardines ocultos tras cercas, con fachadas blancas o
colores cremas. Se podían oír los gritos de los niños jugando. Era diferente al
barrio donde vivía George, donde las casas a duras penas podían verse debido a las
grandes rejas o paredes. A las movidas calles del barrio de Paloma, donde los
vendedores y artistas se podían ver desde la ventana, o incluso el de Raúl,
donde lo único que se podía ver era la interminable fila de autos, aunque Raúl
casi nunca estaba en su casa porque estaba con Paloma.
***
—¿Y qué piensas hacer? —interrogó Paloma con
su mejor tono de hermana mayor—. Vas a vivir con él, Evangeline. En la misma
casa, con Dominic. ¡No puedes huir para siempre! —exclamó apuntándola con el
dedo. La menor apartó la cara y arrugó la nariz, completamente molesta de que
su amiga tuviera la razón—. Además tampoco puedes evitar que Dominic se encariñe
con él. ¿Qué harás? ¿Apuntar a Jared con una pistola y amenazarlo? —Evangeline
la observó completamente aburrida, Paloma podía llegar a ser realmente
dramática. Tal vez no debió ir a hablar con ella, pero era la única persona con
quien contaba, aparte de Raúl, que era su amigo desde que era una niña—. ¿Amarrar
a Dominic con una cuerda para no perderlo de vista? —Esa no era una mala idea,
aunque igual ella tenía que trabajar y se verían en el restaurante, además Raúl
(que creía tener el derecho de hacer lo que le diera la gana por ser como su
hermano mayor desde que era una niña) iba a poyar a Paloma—. Sé realista.
—Lo estoy siendo —replicó cruzándose de
brazos—. No lo conozco.
—Y tampoco vas a conocerlo si no lo escuchas
—reprochó—. Deberías escuchar lo que tiene para decirte, la razón por la que se
casó contigo.
—Sé la razón por la que se casó conmigo: la
empresa de mi padre ¿Por qué otra cosa lo iba a hacer? —Paloma negó con la
cabeza repetidas veces.
—Él no es de ese tipo —dijo con firmeza.
Evangeline emitió un bufido bajo.
—Yo reconozco mejor a las personas como Jared. He vivido toda mi
vida rodeada de ellas ¿recuerdas? —musitó provocando que su amiga rodara los
ojos.
—Tú has vivido es una caja de hierro, no
conoces a las personas. —Evangeline suspiró se pasó la mano por cara agotada,
no tenía caso discutir con Paloma, era un caso perdido y sabía que Paloma
pensaba lo mismo de ella—. No porque tu padre y tu tío fueran iguales, las
demás personas lo son.
Evangeline arrugó la nariz de nuevo, no sabía
porque sacaba a relucir el tema de su tío, la última vez que lo vio lo único
que hizo fue espetarle que era igual a su madre, pero desde eso hacía años.
Evangeline se levantó del banco dispuesta a irse, ya estaba a unos dos metros
de Paloma.
—Un momento —murmuró cayendo en cuenta,
volteó a ver a Paloma, que ya tenía la guitarra colgando del hombro—. ¿Quién te
habló de mi tío? Jamás te lo he mencionado.
—Las gitanas somos adivinas —replicó con una
sonrisa juguetona.
—Voy a matar a Raúl, eso es más seguro a que
tú seas adivina —farfulló molesta y se fue a los juegos donde Dominic se
columpiaba cada vez más alto.
***
—Se ha ido, me ha abandonado —susurró Anthony
llevándose otro trago mientras se dejaba caer en el sillón.
—¿Puedo decir te lo dije? —preguntó Jared
burlonamente.
Como respuesta recibió un proyectil con forma
de cojín.
—Se ha ido, me ha abandonado —repitió aún sin
poder creérselo, otro trago.
—De nuevo —murmuró y esquivó otro proyectil—.
Deberías practicar tu puntería, está un poco oxidada desde que tirabas piedras
a la ventana del señor Moreau —comentó
pasando la página de su revista.
—Lo tenía merecido, cada vez que un balón
caía a su jardín no nos lo devolvía, lo pinchaba en frente de nosotros
—replicó. Sonrío mientras decía—: Una ventana por cada balón, excepto por mi
balón autografiado, ese merecía dos ventanas. —Jared rodó los ojos y Anthony le
lanzó otro cojín, el cual esquivó tranquilamente—. Deja de hacer eso, lo que
necesito ahora es apoyo moral y tú lo único que haces es decirme «Te lo dije».
¿Qué clase de amigo eres? —inquirió.
—Uno muy bueno —respondió pasivamente—. Te
dije que tuvieras cuidado ¿me escuchaste? No. Tu querida Amélie no es más que
una traidora.
—Yo creo que le pasó algo —musitó para sí
mismo—. Ella no se iría así de la nada.
—Anthony, no seas estúpido —espetó
fastidiado—. Se supone que el iluso soy yo así que sé realista, Amélie te abandonó
de nuevo, probablemente ya está en un avión con destino a alguna playa y acompañada de algún tipo que le mantiene la
copa de champaña llena.
—A ti te pasa algo y te estás descargando
conmigo —acusó—. ¿Es por Evangeline, verdad? ¿Te negó los derechos maritales?
—bufó.
—No, simplemente no quiso escucharme —suspiró
resolviendo su café.
—Pobrecito, no soy psicólogo, pero puedo
conseguirte una cita con un colega. Aunque lo mejor sería un terapeuta, porque
debes estar loco para haberte casado con esa chica. Tal vez debería practicarte
una lobotomía —dijo hablando consigo mismo.
Jared le lanzó un cojín que le tiró la copa
al suelo, un minuto de silencio siguió al sonido del cristal rompiéndose.
—Si la rompes, la pagas —murmuró Anthony.
—Esta no es una casa de porcelanas, así que
perdiste —replicó levantándose, dejó la taza de café en la cocina y cogió su
chaqueta—. Anthony arregla esto, está hecho un asco. Si vuelve Amélie ciérrale
la puerta en la cara, no me importa que se le rompa la nariz, tiene un montón
de hombres dispuestos a pagarle la rinoplastia, te lo aseguró.
—Sí, ya. Lo dice el que sabe mucho de mujeres
—masculló tapándose la cara con el brazo.
—Estoy casado.
Anthony soltó una carcajada al escuchar eso.
Jared sonrió, satisfecho con su trabajo salió de la casa, lo que menos
necesitaba ahora era a su amigo deprimido. Si Amélie fuera hombre desde hacía
mucho le hubiera roto la nariz en algún callejón.
