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martes, 31 de mayo de 2011

Consurso 400 seguidores de Erzenguel

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El Portal de las Hadas, de Ariel Pytrell.
La mecánica del corazón, de Mathias Malzieu.
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El evangelio del mal, de Patrick Graham.
Crescendo, de Becca Fitzpatrick.


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miércoles, 25 de mayo de 2011

Paloma

La nieve formaba un manto blanco, los árboles secos y sin hojas daban la bienvenida al invierno.

El frío se había apoderado de las calles.

Podían verse los niños tirando bolas de nieve entre ellos, envueltos en gruesos abrigos de algodón u otros de piel.

Los autos estaban cubiertos por gruesas capas de nieve al igual que la iglesia, aun así se escuchó el «ding dong» que anunciaba una boda.

Él se encontraba frente al altar esperando poder sellar el amor, unir el lazo con la única que persona que quiere de verdad. Paloma, su Paloma. La alegre chica errante y de sonrisa fácil.

Las puertas se abrieron de par en par, mostrando una chica de paso elegante, envuelta en un fino vestido blanco, tan blanco como la nieve. Su cabello negro como la noche se ondeaba al viento, sus ojos azules como el cielo, sus labios pintados de rojo carmín, dibujaban una sonrisa pícara y dulce, aún le sorprendía como ella podía mezclarlos.

Quedó deslumbrado ante la belleza de la que sería su esposa. Sus labios dibujaron una sonrisa aún más grande; en poco tiempo ella no podría escapar y permanecería a su lado.

—No sonrías tanto, existe el divorció le dijo al oído cuando llegó a su lado.

—¿Romperías de forma tan cruel mi frágil corazón? —interrogó besando su mano, poco le importaba si hacía un show frente a todas esa personas.

Ella volvió a sonreír y cerró sus ojos murmurando:

—No me tientes, aún puedo arrepentirme.

Esbozó de nuevo una media sonrisa, porque a pesar de todo se sentía como a un niño que le dan un nuevo regalo. Todo el esfuerzo había valido la pena. Dos meses exactos tardó ella en aceptar.

Dos meses en la que él la siguió de aquí para allá.


—¿Te casarías conmigo? —preguntó aquella tarde, cuando estaban en el parque comiendo helados.

—¿Casarnos? ¿Para qué? —interrogó ella con su característica sonrisa y los ojos brillantes.

—¿Cómo que para qué? Para estar juntos siempre, compartir todo —respondió exasperado.

—¿Perder así mi amada libertad? No gracias, Raúl. —La observó confundido ante su respuesta. Ella besó los pétalos de una flor y sonrió.


Paloma, una chica extraña de verdad; mientras que las demás mujeres esperaban con ansias el día de su boda. Ella no, lo veía como una cadena.

Ella era una pueblerina que escapó de su vida de campo, a corta edad. No había quien la detuviera. Era una gitana, una cazadora de sueños, una chica sin rumbo en la vida, más que sus pinturas y bailes, siempre con su guitarra al hombro y una sonrisa en los labios. Amaba su libertad más que a nada, tejía sus ilusiones, pintaba su mundo y aun así no albergaba sueños ni esperanzas.

Él, heredero de una importante empresa. Estudió en las mejores escuelas. Siempre obedecía las reglas. Esforzándose por cumplir sus metas, alguien con un rumbo en la vida que no estaba fuera de sus negocios. Prefería pasar la tarde en la oficina a un solitario día en la playa.

¿Entonces cómo acabó enamorándose?

Era sencillo, la había visto en la plaza bailando y cantando. Su movimiento de cadera, su voz musical, sus ojos misteriosos, su sonrisa angelical.

Una mezcla extraña. Pura tentación y seducción.

Se había acercado a ella con la intención de invitarla a algún lugar, pero se negó. Fue así como se propuso conseguirla y terminó amándola. Cayendo en las redes de Cupido y los mares del romanticismo.

Ella no pedía nada, miles de noches se encontraron, millones de veces le dijo «te amo» y aun así nunca le pidió nada, ¿para qué pedir algo que se sabía ya eras el dueño?


—Eres extraña —dijo aquella tarde luego de que ella se negara.

—Aun así me amas, Raúl, aun así —contestó volviendo su mirada al cielo para ver las nubes, como si fuera lo más interesante y guardó silencio. Esbozó una sonrisa de la nada y quedó embelesado al observarla.

Fue incapaz de rebatir ese argumento, ella siempre se escudaba bajo el amor que le demostraba a sabiendas que era verdad y él era incapaz de mentirle.

Se preguntó en ese momento por qué ella veía tanto el cielo, miles de veces le preguntó y sólo contestó que miraba mucho más allá de lo que él podía.


Paloma, no había mejor nombre para ella, con su cabello tan negro como la noche, sus ojos azules como el cielo y aquella sonrisa angelical que te seducía y tentaba cometer pecados. La carne era débil, escuchó alguna vez, no lo comprobó hasta el día que la conoció. Cuando decidió perderse en sus ojos, besar sus labios sería tocar el cielo y pasar cada día junto a ella era la felicidad eterna.

Ahí estaba, ella con su vestido blanco tomada de la mano de Raúl, de traje negro y corbata roja, su camisa de lino blanco y una sonrisa arrogante.

Los invitados a la fiesta pensaban que Paloma no era más que una caza fortunas. No sabían que él le regaló mil flores rojas y un millón de jazmines para que aceptara. Ella perfectamente podía vivir con sus bailes, su sonrisa y la guitarra; algo que él no aceptaba y los demás no comprendían.

Los invitados se iban luego de la fiesta y ella no estaba, había desaparecido.

La nieve caía por montones, conocía de lo que era capaz y tuvo miedo. Miedo a que huyera, a perderla antes de tenerla; cuando escuchó aquel sonido musical de su voz, llamándolo desde el segundo piso.

Su vestido seguía siendo el del matrimonio, blanco y con un escote en V.

Subió rápido a su encuentro y cuando estuvieron frente a frente: la besó, atrapándola por la cintura y devorando sus labios.

Ambos se pertenecían, como la luna al sol, el invierno al verano, lo amargo a lo dulce. Ambos eran uno y a la vez eran nada.

La miró a los ojos al soltarla, ella sonreía, con aquella sonrisa que lo enamoró por primera vez, le brillaban los ojos como siempre, con una pizca de ilusión, un pedazo de sueños, un trozo del corazón.


miércoles, 27 de abril de 2011

Epílogo: Sin complicaciones

El viento mecía sus cabellos, era una brisa fresca que lo invitaba a perderse en sus pensamientos, aunque eso lo hacía muy seguido desde hace meses, siempre en la misma rutina; salía de la universidad, hacía sus trabajos y luego… se subía a la azotea, se sentaba en el borde y en la noche bajaba.

Desde ahí podía ver las luces de la ciudad, el constante tráfico, escuchar los gritos de Erika…ya habían pasado algunos meses desde aquella batalla, se podría decir que las cosas siguieron como antes, apenas veía a Aranel —constantemente se trataban mal—, excepto por el hecho de que luego de que al cumplir la mayoría de edad pidió la custodia de su hermanita, mostrando pruebas que lo único que le interesaba a sus tíos era el dinero que le entregaban por ella (si no lo hizo antes fue por miedo a que se la llevaran a un orfanato).

Erika seguía con aquel aire de saber más de lo que decía, su hermano no había vuelto a aparecer; Catherine unió su esencia a la de Nel, ahora aprendía usar los poderes, aunque no se le veía mucho interés.

Él se volvió más perceptivo y abierto, aún con su rutina, se llevaba mejor con su hermana y a Mailen estaba muchísimo más feliz, sobre todo con Jonathan que la mimaba. Decidieron quedarse, más que todo lo hizo por su amigo, quien no hubiera dudado en seguirlo al fin del mundo, si fuera por él seguiría recorriendo el mundo.

—¡Te digo que no es la cantidad, Aranel! —escuchó que protestaba la más pequeña.

—Claro que es así —replicó con enfado la mayor—. Lleva un tazón de chispas —dijo tranquila y agregó dicha cantidad a la olla. Erika se cruzó de brazos refunfuñando.

Intentaban hacer la vieja receta de galletas que preparaba su madre, pero no se ponían de acuerdo en la cantidad de chispas de chocolate que debían llevar. Aranel decía que muchas le darían un sabor hostigoso; Erika que no eran suficientes.

Christopher reía a carcajadas en la sala mientras aplastaba a Jonathan con los videojuegos y oía los gritos de las hermanas en la cocina. Jonathan puso una cara de tremenda decepción, pero sonrió cuando su novia empezó a darle besos por toda la cara. Christopher los dejó solos y se dirigió a la cocina.

—¿Siguen sin decidirse? —preguntó alegre. Aranel volvió la cabeza a él y asintió. Erika aprovechó eso y puso en la mezcla medio tazón más, con una sonrisa de oreja a oreja salió de la cocina dando saltitos. Su hermana mayor se la quedó viendo mientras partía.

Recordaba cuando en medio de la batalla Alejandro la hizo aparecer frente a él, ambas compartían sangre, él quería aprovecharse de eso para controlarla a su voluntad o simplemente chantajearla, el plan le salió mal porque Aranel era un ángel y su hermana… su hermana era demasiado rara, tenía poderes porque fueron un obsequio —de James— en su antigua vida, pero aún seguía sin comprender como funcionaban y su hermanita prefería mantener el misterio y no estaba dispuesta a preguntárselo a David.

Metió las galletas al horno y repiqueteó los dedos contra el mesón, nunca tuvo paciencia. Al pasar diez minutos y darse cuenta que al reloj aún le faltaba demasiado, pidió a Mailen que las sacara por ella. La chica asintió medio distraída, daba gracias que el horno tuviera una alarma lo bastante aguda como para volverse insoportable.

Subió las gradas a la azotea. David seguía en la misma posición que lo dejó horas antes —cuando Erika empezó a alborotar con su deseo por las galletas y se vio arrastrada abajo— sentado en el borde del edificio, apoyado contra la caseta por la que entró, un lapicero retráctil en la mano, que hacía el molesto ruido al ser hundido una y otra vez.

—Vas a resfriarte —reprochó sentándosele al lado. Él giró la cabeza para mirarla, con pereza, fijando aquel iris azul como el cielo en los miel.

—No tiene mucha importancia, le diré a Jonathan que me curé y asunto arreglando —murmuró volviendo a mirar el cielo.

Ella bufó, le dio un golpe en el brazo —desesperada por el ruido del lapicero— y aburrida por la respuesta, por la fuerza se escapó de su mano.

—Me debes un lapicero —comentó cruzándose de brazos.

—Eres un idiota —gruñó ella y se levantó dispuesta a irse. Sintió un jalón en el brazo, cayó sobre David, que rió en su oído y le robó un beso—. No soy Catherine —repitió ella con el ceño fruncido, justo como la primera vez que se besaron luego de la batalla.

—Lo sé —contestó como aquella vez y la besó de nuevo. Ella le correspondió, podía ser un idiota, pero le gustaban sus besos.

Erika interrumpió con pasos apresurados, dejó la bandeja y les regaló una sonrisa antes de bajar las escaleras dando saltitos y que su hermana la regañara. Aranel se acomodó a un lado de David, con las galletas en medio, estiraban la mano para agarrar una con aire distraído, cuando se acabaron dejaron sus dedos entrelazados, el olor a chocolate aún se percibía en el aire. Ambos se quedaron en absoluto silencio… con el cielo tiñéndose de colores, sumado a las nubes grises que se acercaban.

Era imposible no recordar aquel día, porque el cielo —para cuando los sacaron del agua— estaba entre rojo y gris (justo como ahora), con una ligera capa de llovizna. Luego de caer al agua, sentir que las fuerzas le fallaba, el aire era escaso y que no era capaz de patalear para tomar aire —su cuerpo estaba entumido y adolorido—; sólo atinó a abrir los ojos una vez más, estirar su mano y tomar la de ella.

El ruido del chapuzón, un jalón en su brazo fue lo único que distinguió en el letargo, la mano de Nel había sido reemplazada por una que lo devolvía a la superficie, logró tomar una gran bocanada de aire mientras era sostenido para no hundirse.

—Eres un debilucho —bufó la voz alegre de Jonathan. Esbozó una sonrisa al sentir el hechizo de levitación que su amigo hizo para volver a tierra firme. Jonathan le pasó un brazo por los hombros para ayudarlo, vio que —luego de que Alejandro falleciera— los ángeles ahuyentaron a los demonios que quedaron en pie, que al estar sin control se atacaban entre ellos.

Tuvieron que usar hechizos para limpiar el campo, hacer crecer las flores de nuevo… ni mencionar aquella reunión con los miembros del consejo de ángeles. Dio un suspiro resignado y sintió un apretón que lo regresó a la realidad. Esbozó una sonrisa, no esperó que ella se la devolviera, porque sabía que no lo haría. Le robó otro beso.

Ella sabía a lágrimas, a miel, a ausencia de sonrisas. Aranel hizo un intento por sonreír. Él era un idiota y lo seguiría siendo, sin importarle si la quería o no.

Todo seguía igual, los viernes una caminata por el parque que terminada con aquella banca y un perro caliente, algún que otro beso robado, un buen insulto y un golpe. Porque él no era de regalar flores, ella no las recibiría porque le parecía tremendamente cursi y estúpido.

James fue romántico; Catherine, soñadora. Ellos eran todo lo contrario a lo que fueron, por eso no había juramentos de amor eterno, se limitaban a vivir al momento… tal vez en algún punto no fuera suficiente, tal vez se hiciera aburrido y decidieran dejarlo, pero por ahora se conformaban con caminar tomados de la mano, los besos robados; sin «te quiero» y mucho menos «te amo». De una forma tonta y retorcida ambos sabían que no se traicionarían. Ella prefería no complicarse la vida y él lo aceptaba.

FIN
 

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